Con Dogville, el pueblo del perro, perro cuya
imagen real, cuyos desgarrados ladridos sólo se conjuran en el desenlace
postrero del filme, Lars Von Trier inicia una trilogía deudora
a su vez de todo lo que hasta ahora ha sido su filmografía. Por ejemplo,
fiel a la misma, el contenido de Dogville se estructura a
través de un prólogo y nueve capítulos, es decir a
través de fragmentos articulados de tal forma que al espectador se
le previene sobre el artificio del relato. Con este proceder Dogville
subraya su vocación fabuladora. Porque de eso se trata, de forjar
un cuento terrible, cruel e ingenuo pero, y sobre todo, moral y corrosivo
en el que se retrata el lado oscuro y turbio del ser humano.
Su naturaleza de cuento no le impide mostrar los dientes de filme poderoso,
repleto de referencias, trenzado con sabiduría, hábil en sus
opciones estéticas, inteligente en sus trasgresiones y perverso en
su formulación. Por eso mismo en su premiere en Cannes dejó
tan estupefacto al jurado -que fue incapaz de premiar la que es una enorme
película-, como irritados a algunos representantes de la crítica
norteamericana al parecer frustrados por el retrato que en Dogville
se hace de la América rural y profunda, la de todos a la iglesia
y en estrecha vecindad.
Sin embargo en esta América de mala uva y poca ira que recrea Dogville
no hay ni realismo ni naturalismo. Al contrario, su paisaje aparece tan
mixtificado como en tonos solemnes y góticos lo era Europa,
aquel filme hipnótico cuyo afán de traspasar los arquetipos
arañando la piel de la realidad posee el mismo común denominador
que el que pasea por Dogville. En esa mirada cruzada se conforma
y se determina el estilo de este cineasta capaz de provocar adhesiones y
rechazos en grado extremo.
Paralelamente a todo esto, en Dogville, el público
avisado encontrará un placer añadido en enumerar los fragmentos
que de su propio cine Trier ha ido colocando de manera traviesa,
casi naif, en los intersticios de esta epopeya. Ahí están
para las retinas más eruditamente epidérmicas los ecos de
esa cámara temblorosa de Los Idiotas, la pasión por
el número de Europa, el protagonismo decisivo de la mujer
y el sacrificio de Bailar en la oscuridad, el relámpago letal
e irracional de El elemento del Crimen, la pasión, muerte
y gloria metafísica de Rompiendo las Olas,... pero con ejecutar
la suma de todos esos ingredientes no obtendríamos Dogville.
Entre otras cosas porque, como en todos los filmes citados, además
de esas huellas y recursos, Von Trier introduce un impulso inquietante
e inexplicado que define, determina y singulariza cada uno de sus trabajos.
En Dogville, un Trier probablemente más misántropo
que nunca habla de la perversión, de la falta de generosidad, de
la ambición y de esa condición humana que transforma en un
infierno la tierra a fuerza de imponer la ley de un puñado de mediocres
condenados que ni siquiera se percatan de su condición de reclusos.
En ese sentido, Lars Von Trier pone fácil detectar los rasgos
de su prosa cinematográfica. A estas alturas toda esa retórica
se ha convertido en material anecdótico pero, al mismo tiempo, Trier
imprime un nuevo giro a una trayectoria que parece reinventarse con cada
nuevo proyecto.
En Dogville Von Trier comparte con Michael Haneke
una cierta inquietud por el aletargamiento del espectador actual y por la
creciente estulticia del cine contemporáneo comercial. Quizá
por eso mismo, ambos encuentran en Bertolt Brecth, un europeo que
sí fue a EE UU el aliado necesario. Si en el Haneke de Funny
Games los psicópatas hablaban a la cámara para romper
la suspensión de la incredulidad y recordar al público que
estaba viendo un simulacro, en Dogville Von Trier se
salta las reglas del naturalismo para proponerle un pueblo dibujado con
rayas de tiza, casas sin paredes y calles sin pavimento con lo que nos recuerda
que el cine jamás puede sustituir la realidad porque toda visión
fílmica es puro simulacro.
Ocurre que con transcurrir la acción de Dogville en
la América profunda, la del mundo de los gángsteres y la depresión,
la de la miseria y la oración, a Von Trier sólo le
importa el símbolo. Si en su cine se impone una querencia por la
metáfora y un deseo por la trascendencia, en Dogville
sus inclinaciones se llevan a extremo. En una calle llamada Elm Street,
el mismo nombre -por lo demás absolutamente común- de la calle
que vio nacer las pesadillas donde reina Freddy Krueger, Lars
Von Trier arranca su filme con el tono de un cuento maravilloso que
devendrá en el apocalipsis de la justicia divina. Todo empieza cuando
en esa ciudad de amores perros y vecinos mezquinos aparece Grace,
una bellísima mujer tan llena de gracia como adornada por la virtud
del sacrificio. Como la heroína de Gran bola de fuego es una
extraña fugitiva que Von Trier tiene el cuidado de presentarla
ante la mirada del pueblo emergiendo desde el fondo de la mina, desde las
entrañas de Dogville, el lugar primigenio que probablemente
dio origen al pueblo y en cuyo interior, en cuyo útero, Grace
encuentra cobijo, escondite y refugio cuando el mundo exterior, el de la
ley y el hampa cruzan las calles en su busca. Tan atento a Qué
bello es vivir como a La ruta del tabaco, Trier socarrón
y malintencionado teje una red de perversiones y cobardía anclada
en el magistral hacer interpretativo de un prodigioso coro actoral que orbita
alrededor de Grace Kidman. Parece obvio que esta América es
puro pretexto arrancado del cine mismo, homenaje y revisión con el
que Lars Von Trier da rienda suelta al verdadero texto que le interesa:
el del poder regenerador de los cuentos. Así que uno no acaba de
entender por qué algunos críticos norteamericanos se sintieron
tan retratados en ella. Como si la estupidez, el egoísmo, la maldad
y el miedo fueran exclusivamente propiedad de los EE UU Al contrario, en
tiempos de guerra global, Dogville nos recuerda que un ángel
como Grace no sería bienvenido en ninguna parte de ese mundo
lleno de ignominia. Pero claro está eso obliga a ver el filme desde
un distanciamiento bretchiano capaz de aceptar el milagro de creer que un
perro de tiza puede terminar ladrando. Juan Zapater
Juan Zapater |
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Lars Von Trier arrasa con Dogville.
E. RODRÍGUEZ - MARCHANTE / ABC
Nicole Kidman entusiasma en Cannes.
BOQUERINI / COLPISA Lars Von Trier,
un señor que inventa el cine cada vez que filma.
ALEX GORINA / GUÍA DEL OCIO BARCELONA
Von Trier acaricia la Palma de Oro.
LLUÍS BONET MOJICA / LA VANGUARDIA
Magnífica película.
CARLOS PUMARES / LA RAZÓN Nicole
Kidman redondea con exquisita inteligencia la hazaña del cineasta
danés.
ANGEL FERNÁNDEZ - SANTOS / EL PAÍS
Reflexión sobre la culpa, la venganza, los premios y castigos
y la estricta moral religiosa.
OSCAR PEYROU / EFE |