El realizador austríaco sigue igual de contundente.
Première ****

Desbaratando todas las certezas, Seild se enfrenta a la tendencia actual de optar por los atajos, los arquetipos y los prejuicios para mostrar de otra manera las complejas relaciones humanas (hombre/mujer, católico/musulmán, sado/maso).
TF 1 News
Espectacular… Tan convincente que llega a ser alarmante.
The New York Times

Un viaje contundente y duro, provocador y magnificado por la fe.
La Repubblica


Las heroínas de Ulrich Seidl, al menos las que conozco, se mueven gracias a algo que parece emerger de su interior. Es (quizá) una especie de estímulo que se les ha implantado mediante un condicionante pauloviano, aunque no se sepa quién y no hiciera falta un procedimiento especial. Tienen un cierto parecido con Tyrone Slothrop, el personaje principal de El arco iris de la gravedad, de Thomas Pynchon, que debido a un estímulo que le implantaron (no recuerda quién ni cómo) tiene una erección cada vez que se cae un cohete V-2, pero – y aquí viene lo crucial – se pone en marcha antes de que caiga el cohete. Tyrone lo tiene, lo lleva dentro, como las mujeres de Ulrich Seidl. Es posible adivinar de dónde proviene, incluso en ocasiones se ve claramente, se puede “psicologizar” como ocurre en FE porque golpea en plena cara; pero se sigue sin saber lo que las empuja a buscar la lujuria, a buscar a Jesús (para algunos significa lo mismo), a humillarse durante sus insensatos intentos por convertir a los extraños (del mismo modo que no recuerdan la implantación del estímulo, tampoco lo perciben como una humillación, nada es una humillación si se SABE lo que se hace y por qué, y por eso pueden ser tan humildes esas mujeres, tan fogosamente humildes. No saben nada de deseos implantados, solo saben que deben perseguirlos y entregarse a ellos).

Los hombres también buscan, pero no encuentran; ellos son los que siempre lo habían encontrado, por lo que en la mayoría de casos se sienten bastante bien en sus cuerpos: exhiben su unicidad a través de sí mismos, a través de sus cuerpos, sus vidas, su existencia, no pueden salir de sí mismos y les da igual (en FE, el hombre cuya madre literalmente le dejó en el piso abarrotado de cosas – sus pertenencias no le dejaron, por lo que tiene algo en qué creer – está del todo seguro, aunque no sabe muy bien de qué, nada puede mantenerle, quizá porque el hombre se acaba y la mujer nunca se acaba, basta con pensar en las tareas de casa…), viven en su propia y esencial unicidad, no tienen que mirarse a sí mismos porque los hombres no se visionan, ellos visionan y son los únicos con derecho a asistir a ese visionado (ya sabemos que la mujer es a la que visionan), y eso les mantiene en la carrera. El derecho a mirar coincide con la visión, y su visión es lo que creían haber visto, y sus pensamientos no tienen que reflejarse, siempre hay bastante luz sin necesidad de un reflector o de tener que ver su reflejo en otra persona. El “vago” de la novela de Pynchon no es de los que reaccionará a un acontecimiento que le estimule, no, el acontecimiento, que sin duda ocurrirá – ya han disparado el cohete – le estimula por adelantado, antes de caer, antes de que ocurra algo, por lo que es posible ver a ese personaje como una parodia, como ocurre con las mujeres de las películas de Ulrich Seidl, mujeres que están decididas a descubrir cueste lo que cueste lo que las hace funcionar, y sí, antes de que me lo preguntes, puede ser el Señor en la cruz, se puede hacer mucho con una cruz, aunque Jesús ya no te sirva de mucho personalmente. El estímulo siempre está ahí para el héroe, aunque él no haya llegado todavía. Solo hace falta dispararlo, como un arma. La mujer sale en su busca, está fuera, aunque, por desgracia, es algo que se le sigue negando, y por eso debe colarse [porque sigue teniendo, especialmente en las sociedades atrasadas, una fijación por el interior; pero Maria, en FE, es una mujer que trabaja, es asistente del encargado de radiografías, sabe manejar aparatos modernos, pero sigue estando en el interior incluso cuando se permite salir (¿o la empujan?)]. Puede que esta salida sea lo único que le importe, el factor decisivo, y son Dios y la Virgen María – que tiene el mismo nombre que ella, pues aunque su marido parapléjico la llama Anna, su verdadero nombre parece ser Annemarie, pues Anna se castró para castigarse –, que la mandan a su misión, y ahora no choca contra la pared, sino que literalmente pasa a través de la pared para seguir a su estímulo, y lo encuentra porque siempre lo ha buscado y lo ha encontrado al mismo tiempo. Buscar y encontrar es lo mismo. Encontró a Jesús. Se soltó, no la soltaron.

Y esto es lo que me parece importante; los agujeros por los que debe pasar habían sido perforados con antelación. Algunos son muy grandes, habría podido pasar sin inclinarse. Pero siempre tiene que colarse por los pequeños, por los que no podía pasar, aunque su vida dependiera de ello, pero quizá lo que está buscando es “su vida”. Esas mujeres que buscan, tal como Ulrich Seidl las presenta en sus películas, especialmente Maria Hofstätter (aquí tenemos a una actriz que borda el papel. ¡No sé cómo lo hace!), que obviamente no sabe nada de sí misma y, a la vez, lo sabe todo, una mujer autosuficiente, pero que no ve nada excepto a su persona, a la que llama Jesús, el estímulo y el efecto del mismo se han unido hace tiempo, es una mujer que no ve nada más allá de sí misma y que, sin embargo, es otra que no ve nada que pudiera depender de ella, porque en el lugar de la persona que depende de ella – su marido por ejemplo, que quedó paralítico después de un accidente, un musulmán que habla a su Dios mediante oraciones aprendidas, mientras que Maria inventa las suyas a medida que habla, aunque sabe perfectamente que ya estaban ahí, empujándola, que había memorizado esas oraciones que la hacen funcionar como si de un encanto mágico se tratara, y de hecho eso son – siempre está ella, nadie más que ella y ni siquiera es ella.

O quizá sea así: mientras reza sus oraciones a Dios, se las reza a sí misma y fuera de sí misma, todo blasfemias en realidad, dado que ella es la que es y siempre será, al hacerse en otra que no es. Una especie de superdios no solo de tres hace uno, sino que es literalmente el producto de una autocreación, y toda la autoflagelación y eso de arrastrarse dolorosamente de rodillas son recuerdos del laborioso proceso de la autocreación, una blasfemia, o al menos, una arrogancia, camuflada como lo contrario: la humilde sumisión. Un estímulo es un hechizo y también algo que puede explicarse muy racionalmente.

Paulov se sirvió de sus famosos perros para sus interesantes experimentos y para estudiar los efectos de los mismos. Creo que esa autonomía fundamental, esa autosuficiencia, que solo puede producir el fanatismo, que no es otra cosa que la eterna expansión de uno mismo (si eres una autocreación puedes ser quien quieras fingiendo ser otro porque Dios lo ha querido así), hace que esas figuras en las películas de Seidl, y sobre todo las mujeres que constantemente chocan consigo mismas y colapsan en sí mismas, sean una. Las palabras de sus perspectivas ya están escritas: Jesús, mi Señor, por ti vivo, por ti muero, Jesús, mi Señor, tuya soy en la vida y en la muerte, ¡todas palabras muy fuertes! Ya no es necesario pensar, ¿para qué? El personaje y su estímulo se hacen uno literalmente de una vez por todas ya que todos a los que tanto se empeñó en convertir a su Dios no son nadie sino ella misma, una ampliación del yo (¡y esa mujer necesita todas las ampliaciones de las que pueda echar mano!) Y eso del yo se eleva cada vez más con el fervor, lo que representa una especie de valor añadido, y mediante su valiente entrega (¿valor de entrega?) se incrusta en los demás como una elevación, una ampliación de ese yo. Pero su funcionamiento es limitado.

En el interesante experimento de Paulov, el perro empieza a salivar en cuanto oye el timbre, ya no necesita ver la comida. Pero no podría sobrevivir con el mero sonido del timbre. Cuanto más apasionada se vuelve esa misionera desgastándose con el único propósito de crearse a sí misma – como cualquier fanático, que no entrega algo tan importante como su persona a terceros, ni siquiera a Dios, incluso si se hace saltar por los aires, si se destruye por ese Dios –, más deprisa desaparecen los otros en su interior; ya no son seres humanos, y de todas formas nunca importaron como tal, y se hacen menos interesantes a medida que requieren un mayor esfuerzo en nombre de Dios. El objeto de la conversión no es nada sino una planta de tratamiento de agua, algo que la mujer que desea mostrar el camino hacia Dios a toda costa, incluso a través del abandono de su persona, debe cruzar para que sea más apetitoso para la Nada lactante, que no es otro sino el proselitista – ella no lo sabe, pero el estímulo sí – porque la Nada siempre se hace más y más grande, al igual que el yo ante Dios no es nada. Los otros, cualquier otro, desaparecen en los esfuerzos proselitistas de Maria. La mezcla debe estar perfectamente equilibrada si se quiere disfrutar. Ni mucho ni poco. Pero en esa mezcla, solo el yo, ese indigno yo, ese indigno Nada, es el que se convierte en más, y los agujeros en la pared por los que se debe pasar llevan a espacios siempre más vacíos, pero no detendrán a las buscadoras, pues se tienen a sí mismas, y todos los agujeros por los que se cuelan les fueron asignados de antemano. Dios ha hablado, la lujuria también habla, ¿alguien da más?, solo cuenta eso. Es la revelación, y se funde en la mujer que había sido escogida para tal propósito. Pero ella ignora que ella lo ha hecho, la mujer que se llama a sí misma Jesús de Nazaret y Virgen María, los dos disponibles en un cómodo paquete doble. La mujer recuerda cuándo compró el paquete, pero no lo que quería hacer con él. Aunque de todos modos lo hace. Y así se [re]-hace a sí misma.